Foto: Ibex73 · CC BY-SA 4.0
Íbice alpino
Capra ibex
Señor de las cumbres, el íbice escala paredes casi verticales con un equilibrio asombroso: un símbolo de los Alpes salvado de la extinción en el último momento.
Características
Carácter
Diurno y relativamente confiado en comparación con otros animales de montaña, mientras no se le moleste. Vive en grupos separados por sexo; los machos combaten con los cuernos en la época de celo.
Alimentación
Herbívoro de alta montaña: hierbas, musgos, líquenes, brotes y arbustos de los pastos y pedregales alpinos.
Un escalador de alta montaña
El íbice alpino es una cabra salvaje de complexión maciza, perfectamente construida para la vida en las rocas. Su rasgo más espectacular son los cuernos del macho: largos, curvados hacia atrás y recorridos por nudos transversales, pueden superar ampliamente los ochenta centímetros. Las hembras los llevan mucho más cortos y finos. Las pezuñas, de bordes duros y suela blanda y adherente, funcionan como pies de gato y permiten al animal moverse con seguridad por paredes casi verticales.
El pelaje es pardo, más claro en verano y más espeso y oscuro en invierno, cuando el animal debe afrontar el frío de la alta montaña.
Dónde vive
El íbice habita las zonas rocosas de los Alpes, por lo general por encima del límite del bosque, entre pastos de altura, pedregales y paredes escarpadas. En verano sube a cotas elevadas para aprovechar los pastos frescos, mientras que en invierno desciende un poco en busca de laderas soleadas y libres de nieve, donde encontrar algo que ramonear.
Qué come y cómo vive
Es un herbívoro que se alimenta de hierbas, musgos, líquenes, brotes y arbustos de altura. Machos y hembras viven separados gran parte del año: las hembras con las crías, los machos en grupos de solteros. Se reúnen en la época de celo, al inicio del invierno, cuando los machos se enfrentan en espectaculares combates, alzándose sobre las patas traseras para luego chocar los cuernos con un estruendo que resuena en los valles.
Una historia de rescate
La historia del íbice es uno de los éxitos más célebres de la conservación. Cazado sin tregua por su carne y las supuestas virtudes curativas de cada una de sus partes, a comienzos del siglo XIX había quedado reducido a unas pocas decenas de individuos, supervivientes solo en el macizo del Gran Paradiso gracias a una protección real. A partir de ese pequeño núcleo, tras décadas de protección y reintroducciones, la especie ha repoblado buena parte del arco alpino.
Conservación
Hoy el íbice está clasificado como de preocupación menor y sus poblaciones son estables o crecientes. El recuerdo de lo cerca que estuvo de desaparecer sigue siendo, sin embargo, una advertencia: todos los íbices actuales descienden de un pequeño grupo de fundadores, y esta baja diversidad genética exige una gestión cuidadosa.



